martes, 2 de febrero de 2010

Diario de un botarate sobre la nieve

Viernes. Sobre las cinco de la tarde llegamos a un pueblo de alta montaña. El frío es horroroso y mi hermana me ha prohibido usar un gorro con orejeras recubierto de lana por padecer vergüenza ajena. !Menos mal que no me ha visto bailar!.
Los esquíes no cabían en el coche y los he tenido que subir por una pendiente, similar a la cuesta de enero, apoyados sobre el hombro.

Sábado. El desayuno un poco frugal, creo que sólo servían agua mineral en el self service gratuito del hotel. He descendido la calle soportando, de nuevo, el peso de los esquíes.
Me he calzado las botas, duras y rígidas cual abstinente octomesino, e imitando en los andares a Robocop me he dirgido hacia las telecabinas. Arriba, la blanca nieve (y no soy uno de sus enanitos) me ha arrobado la vista.
Mi hermana me ha iniciado en el mundo de este deslizante ejercicio. Con unas nociones básicas decidí aventurarme y engastarme entre el gentío. Las piernas en paralelo para coger velocidad, alcanzo 0,1 kilómetro por hora, una señora delante de mí, obstaculizándome el paso. Me acerco demasiado a la femenina y estática figura; tengo que hacer algo deprisa e improviso una maravillosa estirada a lo Iker Casillas. Incapaz de levantarme miro a mi hermana para solicitar su auxilio, pero ella se debía encontrar mal del estómago pues tenía ambos brazos cruzados bajo el ombligo y se inclinaba hacia adelante. (Me mosquea su boca abierta emitiendo carcajadas).

Sábado tarde. He llegado a la conclusión de que entre el material requerido ha de incluirse un frasco, bote o tarro de Thrombocid. A pesar de ello, me presento en la clase contratada. Una chica Checa hace de monitora. Nos sube en una alfombrilla verde hasta una zona casi llana. Imparte la lección frente a los alumnos y mientras está hablando, algo la hace desviar su atención. Alguien, súbitamente, pasa entre ella y los pupilos marcha atrás. No sé porqué, pero se pone a imitar al Risitas:"!Cuñaaaa, cuñaaaaa!", más tarde comprendí que esa es la forma de frenar, pero en esos momentos no caí. Menos mal que un esquiador solidario me echó una mano haciéndome parar. Ya le he enviado bombones al hospital.

Sábado noche. De nuevo a cuestas con los esquíes hasta la habitación. Mis gemelos aparentan ser trillizos. Me deleito con el taconazo de Guti, firmo un seguro bucodental por lo que pueda pasar al día siguiente y me duermo.

Domingo por la mañana. Llevo los esquíes de los cojones, repito las operaciones del día anterior y abandono a mi hermana con tres nuevas amigas. Yo, mientras ella se divierte, invierto el tiempo en repasar frenadas, giros y oraciones olvidadas desde la niñez.
Llega la hora de irse con el profesor (me cambiaron de grupo porque mi hermana y las demás ya habían esquiado con anterioridad). Aprendo mucho, de hecho consigo lanzarme por una pendiente más elevada. Me enseñan a derrapar y por fin logro hacerlo, eso sí,! con los dientes!. Acaba la magistral enseñanza. Esta vez no llevo los esquíes. Un hombro dislocado es una gran excusa. (putos esquíes y pobre omóplato)
Emprendemos el camino hacia Granada, la aventura ha finalizado. Estoy contento, pues aunque duro es un adictivo deporte y estoy deseando repetir.

1 comentario:

LAURA dijo...

jajajajajajaja...y aún te dejas cosas en el tintero...como "no y no me lo dice cuando pasa a mi lado", esas deliciosas cervezas por 8 pavos, el señor que se te tiró encima porque era novato, la diana de todas las mañanas a las 7.30h porque tu hermana queria aprovechar nieve...jajajajajaja...la bota que el domingo no entraba y un largo etc de anecdotas con las que nos hemos reido...pero ya sabes, cuando quieras y te apetezca repetimos....jajajajajajajajaja